Nuevo Cine Español

Érase una vez…

Siento comenzar de forma pesimista, pero debemos reconocer que en general la aportación del cine español  a la cultura cinematográfica ha sido bastante penosa. Descontando al gran Buñuel -que sólo rodó en España Las Hurdes: Tierra sin pan (1932), Viridiana (1961) y Tristana (1970)- y algo más, las películas españolas adolecen de calidad tanto en su forma como en su contenido.

 

Veamos brevemente el cine de antes de la guerra.

Destaca el documentalista Carlos Velo, autor de Almadrabas (1935), en colaboración con Mantilla e influido por la escuela documentalista británica.

Algunas películas de Florián Rey y de Imperio Argentina y podríamos añadir La traviesa molinera (1934) del norteamericano Harry d´Abbadie d´Arrast, sobre la obra de Alarcón, y La verbena de la Paloma (1935) de Benito Perojo.

Después vendrá la guerra civil y como consecuencia de ella en 1939 vuelve a partirse del cero absoluto. En 1941 se decreta la prohibición de proyectar películas en otro idioma que no sea el español. En 1943 se organiza la protección económica de nuestro cine, otorgando el Estado permisos de importación de películas extranjeras a los productores españoles, en cantidad proporcional a la calidad de sus películas producidas.  Destacamos El escándalo (1943) de José Luis Sáenz de Heredia y El clavo (1943) de Rafael Gil. Este sistema era peligroso, pues el productor se desinteresaba del destino comercial de su película.

Neorrealismo italiano en Salamanca

 

Mientras en Italia se hace la magnífica Roma, ciudad abierta, en España los títulos favoritos de la gente son Locura de amor, El pescador de coplas, Currito de la Cruz  y Un caballero andaluz. Como vemos privan las andaluzadas, las malas reconstrucciones de pastiche y escayola y los falsos y tópicos melodramas con happy end, pero con un final feliz que difiere bastante de los que luego hará el gran Billy Wilder.

 

Da la impresión de que el cine español vive de espaldas a la realidad. Y que genios como Eisenstein, Stroheim, Clair, Murnau o Renoir no tienen sitio en una sociedad embobada por las castañuelas y el flamenqueo.

 

La situación es tan grave que en 1955 el Cine Club Universitario de Salamanca hace un llamamiento para celebrar unas Conversaciones en torno a los problemas de nuestra cinematografía. Se apuesta por un viraje del cine hacia la gran tradición realista de la cultura española. El llamamiento concluye con: “El cine español ha muerto. ¡Viva el cine español!”. Como resultado a estas reuniones, se redactan unas conclusiones formuladas por Juan Antonio Bardem, éstas dicen así: “El cine español actual es: políticamente ineficaz. Socialmente falso. Intelectualmente ínfimo. Estéticamente nulo. Industrialmente raquítico” No se puede ser más claro, y además con toda la razón.

 

También participará vivamente Luis García Berlanga, que cuenta que el origen de estas conversaciones arrastra desde la Semana de Cine Italiano que se celebró en Madrid, cuando él todavía era estudiante de la Escuela de Cine (llamada IIEC, Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas).

 

Él y sus compañeros asistieron a la proyección de un conjunto de películas neorrealistas que les dejaron fascinados; Rosellini, De Sica y los argumentos de Zavattini dejaron una huella que permanecería imborrable. Algunos jóvenes apostaron por esta corriente, por su estética y su tratamiento, y de ahí surgirían estas Conversaciones de Salamanca, que sirvieron, entre otras cosas, para que se hablara por primera vez y con claridad del cine español y su industria. Bardem recuerda aquella semana de la siguiente manera; “Aquello fue muy importante, porque de repente fue una ventana abierta al cine europeo; aquí se veían viejas películas americanas y, sobre todo, una producción alemana o italiana de la época fascista, realmente como para echarse llorar (…) Bueno, y de golpe, conocimos a los cineastas italianos, a Zavattini, a Lattuada, el neorrealismo…, en fin, una verdadera revelación”.

 

El congreso se celebró en mayo de 1955 y se prolongó durante una semana. En ella intervinieron más de doscientos profesionales de la industria, entre los cuales estaban: Basilio Martín Patino, José María Prada, José María García Escudero, Ricardo Muñoz Suay, Juan Cobos y  Fernando Fernán Gómez.

 

Para el grupo de profesionales asistentes, el cine español sólo contaba desde 1939. Ignoraban la etapa anterior y acusaban a la industria de no haber producido ni una sola película auténticamente política. Habían existido varios intentos como Raza (1941), dirigida por Rafael Gil y con guión del propio Franco bajo el seudónimo de Jaime de Andrade; Surcos, película muy interesante dirigida por  Nieves Conde prácticamente olvidada hoy en día; o la misma Bienvenido, Mr. Marshall, que acude a Cannes y conquista por primera vez para España un premio importante en un festival internacional; pero ninguna de ellas poseía un compromiso político profundo y tampoco se ajustaban a la realidad, porque el cine atravesaba por un estricto control a través de la censura.

 

El gobierno empieza a estar influido por miembros que pertenecían a congregaciones religiosas, entre las cuales destacaba el Opus Dei, que comenzaban a controlar la producción cinematográfica. Desde ese momento el cine religioso iba a ser uno de los más representativos de la época. La industria, ávida de grandes subvenciones, hace numerosas películas con un alto contenido religioso y, por supuesto, no aportan nada interesante.

Fraga y el Nuevo Cine Español

En 1959, otro joven que proviene de la Escuela de Cine, Carlos Saura, se da a conocer con Los golfos, testimonio de la frustración vocacional de una generación por la asfixiante presión del mundo que les rodea, y muy parecida en cuanto temática a la novela de Sánchez Ferlosio, El jarama  (Premio Nadal, 1955)

Aunque con influencias extranjeras (se habla de Los olvidados de Buñuel; hipótesis lógica por otra parte, teniendo en cuenta la influencia que el genio de Calanda aportó a Saura. Recordemos que Peppermint Frappé se la dedica a él), son precisamente éstas una garantía de renovación y de voluntad de ruptura con la cultura anquilosada y sus retrógrados valores.

Así, llegamos al relevo ministerial de 1962, en el que el tecnócrata Manual Fraga Iribarne pasa a hacerse cargo de la cartera de Información y Turismo y coloca a José María García Escudero (recordemos que había participado en las Conversaciones de Salamanca) al frente de la Dirección General de Cinematografía y Teatro. A partir de este momento se produce un cambio en nuestro cine, un punto y aparte, lo que luego se llamaría Nuevo Cine Español.

Se establece otro tipo de producción, con unos anticipos a los productores de un millón de pesetas por película, lo que contribuyó al debut de nuevos y jóvenes directores y al vertiginoso crecimiento de nuestra producción.

Entre los directores (muchos de ellos difundidos y promocionados por la madrileña revista Nuestro Cine) destacamos a Manuel Summers, dibujante humorístico, en Del rosa al amarillo (1963), preciosa película protagonizada por dos historias de amor, una de niños y otra de ancianos en un asilo, La niña de luto (1964),  El juego de la oca (1965), Juguetes rotos (1966), No somos de piedra (1968), ¿Por qué te engaña tu marido? (1968).

Carlos Saura con Llanto por un bandido (1964), La caza (1965), historia de unos amigos que van a cazar y acaban matándose entre ellos, premiada en el Festival de Berlín, Peppermint Frappé (1967), encantó a su suegro Charles Chaplin, Stress es tres (1968), La madriguera (1969), El jardín de las delicias (1970), José Luis López Vázquez es un empresario que ha perdido la memoria, y su familia intentará recuperársela recreando pasajes de su vida en el jardín de la casa familiar, Ana y los lobos (1972), films muy alegóricos y simbolistas, en ocasiones demasiados claustrofóbicos. 

Miguel Picazo realizó una eficaz adaptación (bastante libre, por cierto) de La tía Tula de Unamuno y Oscuros sueños de agosto (1967);Francisco Regueiro autor de El buen amor (1963), Amador (1965), Si volvemos a vernos (1967) y Me enveneno de azules (1969); Jorge Grau, director de Noche de verano (1962), El espontáneo (1964), Acteón (1965), Una historia de amor (1966), La cena (1968 ) y Cántico (1970); Julio Diamante, que tras su experiencia teatral realiza Los que no fuimos a la guerra (1961), Tiempo de amor (1964), El arte de vivir (1965) y Neurosis (1968); Mario Camus, en cuya irregular carrera destacan Los farsantes (1963), Young Sánchez (1964), película basada en famoso cuento de Ignacio Aldecoa y premiada en el festival del Mar de Plata, Muere una mujer (1965), Cuando tú no estás (1966) y Con el viento solano (196/); Antonio Eceiza, que dirige El próximo otoño (1963), De cuerpo presente (1965) y El último encuentro (1966); Basilio Martín Patiño, del que ya he hablado antes, con Del amor y otras soledades (1969); y Angelino Fons, adaptador de La Busca (1966) de Baroja y de Fortunata y Jacinta (1970) y Marianela (1973) de Pérez Galdós.

Para terminar podríamos incluir Las crueles (1969), film de Vicente Aranda al estilo de Hithcock; Aoom (1970) de Gonzalo Suárez; Liberxina 90 (1970) de Carlos Durán y en los últimos coletazos al gran Víctor Erice, todo un poeta de la imagen.

Textro extraído de Berlanga y el nuevo cine español, trabajo confeccionado por Lorenzo Rodríguez Garrido.