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En el cine italiano tenemos un ejemplo perfecto de un director que comienza enmarcado en una etapa y, rápidamente, se ve liderando otra nueva: éste señor se llama Federico Fellini.
Fellini (Rimini, 1920 – Roma, 1993) comenzó en esta profesión escribiendo guiones al servicio de Roberto Rosellini, es decir, bajo el influjo del Neorralismo Italiano, pues películas como Roma, ciudad abierta (1948) o El amor (1948 ), las dos dirigidas por el segundo, están escritas por él. Cuando decide dar el salto a la dirección sigue trabajando en esta misma línea: historias de personas vulgares, cotidianas, pobres, que muestran los horrores de la guerra y el hambre de supervivencia del ser humano. Recordemos El jeque blanco (1951), Los inútiles (1953) o La strada (1954), aunque bien es verdad que ya se pueden ir apreciando visos de su particular estilo y de todo lo que vendrá después.

Pero Fellini tiene una imaginación tan poderosa que le es imposible domarla, ponerle riendas, y enseguida se desatará creando un universo totalmente propio, un estilo nuevo lleno de magia y de encanto (Fellini, al igual que Woody Allen, de pequeño quería ser mago. Vivía obsesionado con los trucos y con toda la parafernalia del mundo del ilusionismo y del circo). Aquí empieza a fraguarse el Nuevo Cine Italiano, un cine que se aleja de los postulados que marcaron Rosellini, Vittorio de Sica o Giuseppe De Santis (Arroz Amargo (1949)), de esa atmósfera gris y tristona; un cine que empieza a mostrar a otras personas, a otra sociedad, a esa nueva Italia que quiere vivir alegremente -como buenos mediterráneos- y que poco a poco empieza a salir de la miseria y del ostracismo. En Los inútiles, por ejemplo, hay un personaje que al final de la película se monta en un tren para escapar de su pueblo, ese clima opresiva en donde no se vislumbra ni un ápice de futuro; pues bien, podríamos ver La dolce vita (1960) como la continuación de la vida de este personaje: el adolescente que llega a Roma, se convierte en periodista (interpretado por Marcello Mastroianni) y se dedica a ir de fiesta en fiesta, a disfrutar de la “dulce vida” en la gran ciudad exorcizando el aburrimiento de la vida provinciana.
Podríamos también -ya que estamos- establecer una concomitancia entre el comportamiento del protagonista de La dolce vita y el propio Fellini, pues los dos deciden romper con su pasado y establecer una nueva vida, un nueva forma de ver la realidad que les rodea. Fellini, que decía sentirse más libre en el dibujo, rompe con la tradición neorralista y comienza, junto con otros magníficos directores como Scola, Pasolini, Antonioni, Comencini, Germi o Visconti, una nueva y maravillosa etapa que dudo mucho vuelva a repetirse.
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